He leído una noticia sobre la Cueva de Los Murciélagos de Albuñol, Granada, en el extremo contrario de nuestra Costa Tropical, en el digital de Europa Press (28.9-23), y me ha indignado un poco. Los arqueólogos funcionarios o proto funcionarios, y ellas, en general, me producen sentimientos encontrados, admiración, agradecimiento, envidia y, a veces, rechazo.
En este caso, primero, no hacen referencia al escándalo de la discrepancia entre la datación del Museo Nacional Arqueología de Madrid -8.500 años- y la del Museo Arqueológico Provincial de Granada -6.500-, debida en parte a la larga ocupación del lugar, si, pero más aún al miedo al cascabel del gato.
No mencionan las 50 momias naturales encontradas, la probable primera joya de oro planetaria, la presencia tan temprana de semillas de opio ni la del hongo psylocibes. En mi modesta opinión, ese yacimiento es de lo más importante trujido nunca en lo que hoy son Andalucía y España.
“Los Murciélagos” era un templo mortuorio, 7 km tierra adentro -hoy día, quizás mucho menos entonces-. Tengo una magnífica opinión de los señores y señoras del Neolítico andaluz, y por tanto colijo que eran principalmente pescadores.
No hay evidencias, pero nadie los ha superado en su habilidad en el manejo del esparto, y sabemos que las primeras grandes redes fueron creadas en esa fibra, Stipa tenacssima, exclusiva por cierto del entorno de Alborán.


